AMLO decide no usar cubrebocas ( Sebastián Méndez )
A pesar de la recomendación de los expertos, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se niega a utilizar cubrebocas. Dice que es innecesario porque, al haber padecido COVID-19, “ya no contagia” y también porque quiere subrayar que México no es autoritario sino un país libre “donde cada uno tiene que asumir su responsabilidad”.
En una cosa tiene razón el mandatario: por obra de la
pandemia, la mascarilla sanitaria se volvió, en todo el mundo, un objeto
político.
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Antes de que nos convirtiéramos en homo
sapiens, los gestos del rostro eran ya fundamentales para la comunicación
del poder entre los seres humanos. Independientemente de las palabras, con los
músculos que rodean la boca damos ordenes, transmitimos deseos, coincidimos,
empatizamos, enfurecemos, convocamos, ahuyentamos, odiamos y amamos.
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Por tanto, enmascarar esas expresiones faciales es una
mutilación, un bozal que limita lo que somos en público y en privado.
En distintas regiones del mundo subsiste el ritual de
esconder el rostro de las mujeres cuando salen de sus casas. El velo en la
tradición musulmana o el rostro cubierto de las religiones judeocristianas son
evidencia de esta práctica. En nuestra cultura, mientras el varón asiste a su
boda con la cabeza desnuda, la mujer se esconde hasta que su marido la libera.
Se trata de un acto de control —símbolo de poder— sobre las expresiones y los
gestos del otro.
No era siquiera imaginable que un día tales atavismos
iban a toparse con una crisis sanitaria como la que estamos experimentando, la
cual obliga a todos, hombres y mujeres, a cubrirnos el rostro.
Desde junio del año pasado, la comunidad científica
mundial coincidió en afirmar que el uso del cubrebocas reduce de
manera importante el contagio y la mortalidad por COVID-19.
Si bien en un principio la Organización Mundial de la
Salud fue ambigua respecto al uso del cubrebocas, los datos disponibles, la
experimentación y el razonamiento médico recondujeron las cosas hacia una misma
dirección: de todas las medidas preventivas, el uso del cubrebocas es la más efectiva para
contener la pandemia y proteger tanto la salud como la vida de las personas.
Desde hace seis meses son muy pocos los gobernantes que
rechazan el uso del cubrebocas. Destacan por su rebeldía López Obrador, el
expresidente estadounidense Donald Trump, y el líder brasileño Jair Bolsonaro.
Después de haber experimentado una convalecencia de 14
días, López Obrador apareció de nuevo en público, el pasado lunes, con un
discurso adverso a cualquier revisión de su política previa sobre el uso de la
mascarilla.
Frente al argumento de que no la necesita porque ya no
contagia, cabe preguntarse por qué no la utilizó cuando todavía podía contagiar
y, también, porqué supone que está a salvo del recontagio.
El rechazo al cubrebocas no solo es una equivocación
médica, sino la propagación masiva de esa equivocación. Se trata de un mensaje
tóxico porque refuerza la idea que muchos tienen respecto a su falsa inmunidad,
muy en particular los varones.
Ciertamente la mayoría de las muertes por coronavirus
son de varones, dato que coincide con que los
hombres son quienes desestiman mayoritariamente el uso del cubrebocas. Este es un claro
ejemplo de lo que el feminismo llama masculinidad tóxica.
Desde luego que el cubrebocas es un mensaje de poder:
sirve como instrumento para controlar tanto como para controlarse uno mismo.
Quien lo usa debe hacer un esfuerzo mayúsculo para hacerse entender sin los
gestos del rostro, pero el acto se convierte también en un instrumento de
autocontrol frente al virus. La máscara sirve para prevenir las pulsiones
omnipotentes.

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